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Cuentan los documentos catedralicios que en el cabildo del 20 de marzo de 1562 «sus merçedes cometieron a los señores Juárez y Pedro de Çaldivar canónigos hablen a Su Señoría y al Sor. Provisor sobre un humilladero que pretenden hazer los cofrades de la Vera Cruz para que conforme a la liçencia que tienen de sus mercedes lo edifiquen y no se les de lugar para mas por el perjuyçio que e inconvenientes que dello se siguen a esta yglesia y parrochia della, los quales significaran a Su Señoría y al Señor Provisor». Los trabajos de construcción debieron ser lentos, porque en marzo de 1568 el concejo concedió definitivamente a la Cofradía un solar junto a la carretera para construcción el humilladero, aunque apenas dos meses después el Cabildo ya protestó por la obra que se estaba realizando, cuyas trazas eran para una edificio cerrado y no abierto como se desprendía de la concesión. Una inscripción nos recuerda su terminación: ACABOSE ANO 1577. En 1579 partió de allí la procesión de la Cruz de mayo, aun cuando no debían estar pagadas las obras, pues se dispuso que la mitad de las multas por incumplir un auto de los provisores se destinaría «para la obra del dicho Humilladero».

El lugar elegido para su construcción es un punto estratégico al situarse, en primer lugar, a una distancia aproximadamente equidistante entre el convento de San Francisco -hoy Ursulinas- y la ermita de San Lázaro -iglesia del Asilo de Ancianos-, y, en segundo lugar, por presidir un cruce de caminos: la intersección entre el cordel de la Cañada Real que viene desde Alcuneza -carretera de Medinaceli- y el camino conducía a Soria y Atienza.

Como casi todo humilladero cerrado, su construcción es sencilla: planta cuadrada, reducidas dimensiones, dos puertas, pequeño campanil, abriéndose en las paredes las hornacinas para colocar en ellas las imágenes propiedad de la cofradía y en el frente el altar principal, en el que se aprecian aun los símbolos de la Pasión en diferentes cuarterones. Presenta ciertas similitudes con la ermita del Humilladero de Medinaceli, concluida unos años antes. Destaca su bóveda de crucería gótica, policromada, construida cuando ya este estilo había prácticamente desaparecido. Guarda semejanza con las bóvedas de la capilla de San Pedro de la Catedral, cuya construcción debió motivar la construcción de la ermita, al quedar privada la cofradía de su lugar habitual para la celebración de las funciones y juntas, el Palacio del claustro de la Catedral. Tenía añadida en el lateral superior izquierdo una sacristía, que debía dejar paso a un pequeño patio o corral. Es probable que el Calvario de la Plazuela de las Cruces, en su origen, rematar el recinto de la ermita.

En la visita efectuada a la cofradía en 1866 por Román Andrés de la Pastora detalla su buen estado en general, señalando que en ella se conservaban «las Insignias de los Santos Pasos de la Pasión de nuestro Señor, Soledad de su Santísima Madre, y la de Nuestra Señora de la Alegría o de la Resurrección colocadas en sus respectivos nichos». No en vano el artículo primero de las Constituciones de 1867 expresaba que la cofradía estaba fundada en la ermita del Humilladero, extramuros de la ciudad, y «está en posesión de la ermita, atiende a su reparación y conservación, cuida de los ornamentos y vasos sagrados necesarios para el culto en la misa, y también de las Santas Imágenes». De su cuidado diario y limpieza se hallaba encargado el sacristán.

A finales del siglo XIX esta ermita estuvo a punto de ser derruida para facilitar una mejor visión a la entrada de la ciudad. Esta idea del Ayuntamiento iba paralela a una previa permuta de este singular edificio por la ermita de San Roque, a lo cual se opuso repetidamente la cofradía. Ello daría lugar a un constante enfrentamiento entre la Cofradía y el Ayuntamiento a cuenta de la ermita. La situación se hacía insostenible, de manera que ya en marzo de 1890 se leyó en una junta general un oficio del alcalde «sobre si conviene o no derribar la Hermita del Humilladero». El problema no sólo era administrativo, artístico o interno de la cofradía, pues transcendía al ámbito canónico ya que la ermita seguía abierta al culto. Por tales razones fue nombrada una comisión «para tratar lo que se crea conveniente acerca del derribo de la Hermita del Humilladero». El dictamen de la Comisión de la Sta. Vera Cruz sobre la permuta del Humilladero por la ermita de San Roque que se elaboró en el verano de 1891 manifestaba, entre otras cuestiones, que «prescindiendo de la cuestión llamada de ornato público, que comparada con la cuestión artística, aquella es de un orden muy inferior respecto a la civilización de los pueblos, esta Comisión cree que puesto que todas las condiciones formuladas por el Sr. Alcalde se refieren a un mismo fin y objeto, claramente manifestado, en la que figura con el número primero, esto es, a proponer una simple permuta de la ermita del Sto. Humilladero, dando en cambio el usufructo de la de San Roque, en la que nuestra Hermandad pueda practicar las devotas funciones de sus instituciones, examinadas y pesadas todas las razones aducidas por el Sr. Alcalde; ajena la comparación a todo otro móvil que no sea su propia conveniencia; y por esto tienen a bien informar a la misma no poder acceder a sus deseos al solicitar el Sr. Alcalde la propiedad de la ermita del Humilladero del legítimo dominio de dicha Cofradía por espacio ya de más de trescientos años, el Sr. Alcalde como una de las partes contratantes, no nos ofrece ninguna otra propiedad, sino sólo el usufructo de la ermita de San Roque y este habiendo de ser compartido con otras cofradías que radican en dicho San Roque, lo cual quiere decir que al perder la Sta. Vera Cruz su propiedad, perdería también su independencia y libertad; esto sin contar las contingencias que con el tiempo que todo lo altera y descompone, pudieran sobrevenir, engendrando desavenencias, que es prudente precaver».

En los dos últimos decenios del siglo XIX se intensificaron las constantes obras en la ermita. Como consecuencia de esta situación también comenzó la relación, que duraría varios decenios, de la Cofradía de la Vera Cruz con la iglesia de Nuestra Señora de los Huertos, la más cercana al Humilladero por encontrarse inmediata a la Alameda. Pero la decisión que a medio plazo tuvo mayor repercusión fue el traslado de las imágenes. En la junta del 19 de abril de 1909 en la que se trató «detenidamente si convenía llevar las Santas Imágenes a los Huertos para que no se deterioren en la Ermita del Humilladero en vista de la humedad y polvo que cogen o dejarlas en dicha Ermita». Todos los hermanos estuvieron conformes.

A partir de esa fecha los pocos datos que se recogen sobre el Humilladero en la documentación conservada vuelven a reiterar la conocida petición municipal de derribo. En octubre de 1919 se leyó una carta del alcalde para tratar el asunto del Humilladero, y el abad dio cuenta de la entrevista que había tenido con él. La respuesta de la junta general volvió a ser la ya conocida, pues «después de detenida discusión acordó que por ahora la Cofradía no estaba dispuesta a entrar en negociaciones de ninguna clase respecto al referido asunto del derribo del Humilladero». El ayuntamiento no cejó en su empeño y en 1923 manifestó que para «hermosear la parte de la entrada de la Ciudad por la calle del Humilladero, tiene el proyecto de levantar la fuente sita en aquel sitio y adosarla al Humilladero por la Sacristía, para lo cual y teniendo el estado ruinoso de dicha Sacristía solicitaba de la Cofradía se le ceda la referida Sacristía por la cantidad que se convenga ». La Cofradía se opuso a tal intención… de momento.

El cambio de situación política sí produciría cambios en la opinión de la Cofradía, aunque el resultado final no llegara a producirse. Al año de instaurarse la República la situación de ruina de la ermita no tenía solución viable. Cual sería la realidad que, en la diputación de 1 de abril de 1932, el abad manifestó «que había que tratar en la Junta del Domingo que convenía ver el medio de enajenar la Ermita del Humilladero si era posible, pues se va poco a poco destruyendo y llegará a derrumbarse». La Cofradía por sí sola no podía afrontar el enorme coste de su completa reparación. En la siguiente reunión y pese a la oposición de algunos hermanos, «examinada la cuestión y discutida minuciosamente, teniendo en cuenta el estado ruinoso que ofrece la ermita y la cantidad necesaria para su restauración y la especial también por la que atraviesa también en la época actual la cuestión religiosa se acordó por mayoría la enajenación de dicha ermita en vista de que el Ayuntamiento no persigue más que su derribo para hermosear esa parte de la población, pues solo para esos fines y solo a dicha Corporación se accede a vender la referida ermita, para lo cual se acordó nombrar dos peritos que tasarán su valor», con cuyo dictamen la comisión nombrada pasaría a ultimar su venta, la que sería aprobada por las autoridades eclesiásticas. A pesar de ello y tras casi un año, se acordó «que por ahora no convenía hacer tal operación».

La Guerra civil tampoco supuso mucha mayor merma en la ermita y la nueva situación política tampoco cambió los propósitos municipales. Las autoridades civiles persistieron en su intento para demoler la ermita de Humilladero en 1940, intentado despejar la visión de la Alameda y en atención al estado ruinoso del edificio. El entonces vicario capitular, Hilario Yaben, pidió informes técnicos y consiguió que no se destruyera tan singular edificio: «hemos de conservar cuidadosamente la riqueza histórico-artística de la población y no puedo permitir en cuanto de mi dependa, que se menoscabe. No sólo por su bóveda y sus puertas sino también por toda su estructura la ermita del Humilladero tiene según informe técnico positivo valor artístico; el histórico es incuestionable. Hemos de aprestarnos por tanto, no a derribar la ermita, sino a restaurarla. Realmente la ermita quita poca visualidad a la Alameda y conservándola bien, podemos presentar al turista a la entrada de la población nuestro hermoso paseo y una artística ermita, que es como el anuncio de mayores riquezas de esta índole, que atesora nuestra ciudad».

La junta que celebraron los cofrades el 6 de enero de 1942 tuvo por objeto «estudiar la proposición del Ilmo. Sr. Vicario de la Diócesis, a fin de cederle el edificio propiedad de la Cofradía denominado el Humilladero. Previa discusión se acuerda no ceder a su enajenación, ya que la cantidad de 4.000 pesetas ofrecida no se estima suficiente». Dos años después, el empeoramiento de la ermita motivó un nuevo intento de reparación por parte de don Hilario Yaben.

En 1946 la cofradía vendió la sacristía de la ermita al Ayuntamiento por la cantidad de 6.000 pesetas, instalándose en ella el Fielato tras la oportuna reforma. Una vez desaparecidas las restricciones en la venta de bienes, la corporación decidió arrendar el edificio para negocios de hostelería. Ello no impidió que en 1949 se volvieran a invertir más de 900 pesetas en el arreglo del Humilladero por parte de la Cofradía. Restaurada con el patrocinio del Ministerio de Educación y Cultura en 1976, se consiguió realzar su magnífica construcción.

Los continuos cambios de ubicación de las imágenes de la Cofradía durante el siglo XX, movieron a los hermanos a buscar un lugar en el que no estuvieran en precario. El obispo Laureano Castán hizo a la Cofradía una «concesión verbal» de la ermita que perteneció a la Venerable Orden Tercera, contigua a la iglesia de las Ursulinas, es decir, al antiguo convento de franciscanos. Para dar consistencia jurídica a tal concesión, el 30 de mayo de 1980 el abad y los hermanos de la Vera Cruz y del Santo Sepulcro se dirigieron al Vicario Capitular, Vicente Moñux, para que se les cediera la ermita en ruinas de la Orden Tercera.

 

Con fecha 31 de octubre de 1980, el mencionado Vicario Capitular confirmó la cesión. Esta concesión quedó ratificada el 1 de abril de 1986, cuando el entonces obispo Jesús Pla autorizó a la Cofradía «para que puedan guardar las imágenes y otros objetos relacionados con sus actividades de culto... a que repare la ermita que está adosada a la iglesia de las Madres Ursulinas -parte izquierda, entrando- y la use por tiempo indefinido para el fin citado y otros del mismo carácter».

 

En la Semana Santa de 2010, por fin, la Cofradía dio por concluida la restauración y desde entonces las imágenes permanecen en ella. De este modo, además, las procesiones recuperaron parte de sus recorridos históricos, pasando delante de la ermita del Humilladero y frente a la iglesia de Nuestra Señora de los Huertos.

 

 

 

 

© Pedro Ortego Gil.