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La ceremonia del Descendimiento Semana Santa Virtual 2020

 

LA CEREMONIA DEL DESCENDIMIENTO

 

La Semana Santa de 2017 será recordada en Sigüenza por la recuperación del que, probablemente, fue el último auto religioso representado en su catedral.

Cuando se fundó la Noble y Loable Cofradía del Santo Sepulcro de Cristo Nuestro Señor y Esclavos de la Cruz en el siglo XVII, adquirió para la procesión del entierro de Cristo una talla articulada de tamaño natural. Pero antes de iniciarse la procesión y al igual que se hacía en numerosos pueblos y ciudades de España, se procedía al Descendimiento de la imagen desde la Cruz, en la que se hallaba clavada, hasta la urna. Ceremonia que pudo ser simultánea al sermón, o bien realizarse una vez terminado.

 

 

Los detalles de esta ceremonia no aparecen regulados en las constituciones de la cofradía, pero sí sabemos que se realizó por primera vez en 1637, pues los hermanos solicitaron al cabildo catedral el 12 de enero de aquel año la licencia para realizar el Descendimiento. A ello accedió la corporación capitular, como era costumbre «por esta vez», facilitándoles los ornamentos y permitiendo la asistencia de dos de sus miembros, que fueran hermanos, con capas de coro.

Las actas del cabildo y alguna documentación complementaria nos aportan detalles de la ceremonia. Trasladada la urna con el Cristo yacente el Miércoles Santo desde la ermita de San Lázaro a la Catedral, la talla, por su estructura articulada, era elevada a una cruz, situada en un tablado previamente colocado, primero delante del altar de San Martín, más tarde del de la Virgen de la Mayor y, accidentalmente, en la Puerta de los Perdones.

El Viernes Santo, mientras se cantaban las Tinieblas, se iniciaba el rito del Descendimiento hasta situar la imagen de Cristo en la urna. Esta se hallaba adornada con un dosel, candelabros y otros ornamentos. Como se apuntó hace tiempo, quizá ese dosel o tapiz fue el que descubrieron miembros de la Asociación de Amigos de la Catedral durante unas tareas de limpieza. Este lienzo representa, precisamente, un descendimiento y tiene unas dimensiones similares a la parte central del retablo de la Virgen de la Mayor, por lo cual pudo servir, como era habitual hasta hace pocas décadas, para cubrir dicho altar.

El acto propiamente del Descendimiento correspondía a un diácono y a un subdiácono, ambos clérigos mercenarios. Una tarea que representaba la que había correspondido a José de Arimatea y Nicodemo, porque según los Evangelios fueron ellos los que llevaron la sábana y facilitaron la mirra y áloes.

De manera semejante a como se hace todavía en los lugares donde se mantiene esta ceremonia -como en el pueblo alistano de Bercianos-, el cuerpo de Cristo era presentado a su Madre antes de ser depositado en la Urna. A continuación, los hermanos legos procedían a portar el Sepulcro y los hermanos sacerdotes la imagen de Nuestra Señora de la Soledad. Al menos desde el siglo XVIII fueron los armaos los encargados de portar sobre sus hombros a Cristo, y desde mediados del siglo XIX a la Virgen, aunque en este caso sin el casco y las mallas.

 

 

El año 1779 correspondió al obispo Juan Díaz de la Guerra, tan famoso por las obras que realizó en Sigüenza y otros lugares del obispado, decir el sermón del Viernes Santo. Quizá su presencia y la atracción que conllevaba esta representación sacra provocó numeroso ruido entre los fieles. Lo cual disgusto al prelado. Con estos antecedentes, el obispo suprimió la ceremonia por auto de 3 de marzo de 1780, obligando a que sólo se predicara el sermón, tal y como sucede en la actualidad. Esta decisión episcopal la fundamentó en los perjuicios ocasionados por "las representaciones hechas al vivo por la mucha concurrencia de la gente, confusión y griterío que tales representaciones causan, y siendo de esta naturaleza el Descendimiento que el Viernes Santo en la tarde se hace en el trascoro de Ntra. Sta. Iglesia Catedral al tiempo que se cantan las Tinieblas, perturbándolas la confusión, ruido y grita, que Nos mismos experimentamos el año pasado". No fue una prohibición exclusiva de Sigüenza. Durante los años de la Ilustración otros obispos decretaron medidas similares, tendentes a restringir ciertas funciones propias de la Semana Santa y, más en concreto, aquellas vinculadas a la ceremonia del Descendimiento.

Tan drástica prohibición haría que la hermandad entrara en un período de crisis, que también afectó a la cofradía de la Vera Cruz. Los hermanos acudieron al tribunal eclesiástico de la diócesis, que resolvió el pleito en 1796 y permitió que volvieran a celebrarse al año siguiente las procesiones de Semana Santa -nunca más la función del Descendimiento- con la condición de que se hicieran de día, permitiendo decir un sermón delante de ambos pasos en el altar de la Virgen de la Mayor.

Desde hace algunos años, los hermanos de la Cofradía de la Vera Cruz y Santo Sepulcro de Sigüenza han venido trabajando en la restauración del patrimonio artístico y monumental que posee, pero también en la recuperación de cuantas tradiciones estuvieran en su mano y hubieran sido parte importante desde fundación en 1636. Atendido lo primero, se centró en recuperar la ceremonia del Descendimiento, para lo que ha contado con la colaboración y apoyo del deán y del cabildo catedral.

 

No ha sido una tarea fácil. La documentación manuscrita no era lo suficientemente explícita sobre algunos detalles menores. El ritual que se sigue en algunos lugares, en los que las prohibiciones episcopales no llegaron a cumplirse -Bercianos de Aliste- o en los que se ha recuperado hace pocos años -Palencia-, han servido para comprobar cómo los datos históricos conservados en Sigüenza coincidían con el observado en ellos.

 

 

El presidente de la cofradía, el jefe de armaos y los hermanos confían en que esta ceremonia recupere el esplendor y la solemnidad que tuvo desde 1637 hasta su prohibición a finales del siglo XVIII, porque es la representación misma del Entierro de Cristo tal y como se hizo hace dos mil años.

En los siguientes enlaces se puede seguir el desarrollo de la Ceremonia.

 

 

 

 

 

 

 

©  Pedro Ortego Gil

Marina Ortego Carrascal

Pedro Hervás Cuevas